La noticia que ya sabían
Lo sabían desde hacía tres semanas. No hubo prueba casera temblando en un baño, ni Louis contando los días en un calendario con nerviosismo humano. Lo supieron de la forma en que los suyos lo saben: por el olor dulce que empezó a subir de la piel de Lestat como azúcar quemada, por el modo en que su cuerpo, tan acostumbrado a la quietud de los muertos, había empezado a moverse distinto. Más lento. Más suyo.
—Deja de mirarme así —dijo Lestat una noche, sin levantar la vista del espejo donde se ajustaba, por décima vez, la misma camisa de seda—. Pareces un perro esperando que le tire un hueso.
—Te miro porque estás embarazado, Lestat. Perdóname si mi rostro no sabe fingir indiferencia ante eso.
Lestat se giró, y por un instante —solo uno, que Louis atesoraría durante siglos— la máscara de teatralidad se le cayó del rostro. Debajo había algo asustado y luminoso a la vez.
—¿Y si no sé cómo hacer esto? —susurró—. He sido muchas cosas, Louis. Actor. Monstruo. Amante. Nunca padre.
Louis cruzó la habitación despacio, como quien se acerca a algo sagrado, y apoyó la frente contra la suya.
—Yo tampoco lo sé —dijo—. Pero lo vamos a aprender juntos. Como todo lo demás.
Afuera, Nueva Orleans seguía latiendo, ajena a que dentro de esa casa antigua, dos monstruos habían decidido, por fin, dejar entrar algo nuevo.
La guerra de la ropa de maternidad
Había una montaña de cajas en la sala. Louis, con las mangas remangadas y la paciencia de alguien que llevaba dos siglos administrando negocios, las abría una por una mientras Lestat, sentado en el sofá con los brazos cruzados sobre su vientre apenas abultado, observaba cada prenda con el horror de quien presencia un crimen.
—Esto —dijo, sosteniendo un vestido premamá de flores pastel con la punta de dos dedos, como si pudiera contagiarle algo— es un insulto. Un insulto a mi persona, a mi legado, a doscientos años de buen gusto.
—Es cómodo, Lestat.
—Cómodo —repitió la palabra como si fuera una obscenidad—. Louis, yo he vestido a la corte de Versalles con mi sola presencia. No pienso pasearme por esta casa pareciendo una cortina de casa de campo.
Louis suspiró, ese suspiro largo y particular que solo Lestat sabía provocar, mezcla de exasperación y ternura absoluta.
—Entonces dime qué quieres.
Lestat se irguió, de pronto encendido con un propósito que solo él podía convertir en drama de tres actos.
—Quiero terciopelo. Quiero encaje negro. Quiero que si voy a cargar a nuestra hija durante estos meses, lo haga con la dignidad de un vampiro, no con la resignación de una tía en un picnic.
Tres días después llegó un paquete de una boutique de Nueva Orleans que Louis juró no recordar haber pagado —hasta que vio la factura— con camisones de seda negra, batas de terciopelo ajustables y, para sorpresa de nadie, un broche de plata con la forma de una luna creciente "para cuando el vientre crezca y necesite algo hermoso que mirar", según la nota escrita de puño y letra de Lestat.
Louis no dijo nada sobre el precio. Solo lo ayudó a abrocharse la bata, besó su hombro, y pensó que si la dignidad de Lestat costaba eso, la pagaría mil veces.
El cuarto que cambia cada noche
El cuarto del fondo, el que daba al jardín, llevaba siendo "el cuarto de la niña" desde la semana en que lo supieron, aunque su decoración cambiaba con una frecuencia que rivalizaba con las mareas.
El lunes era lavanda, "para que sueñe con campos franceses". El miércoles, azul pálido, porque Lestat había decidido que el lavanda "gritaba desesperación de decorador amateur". El viernes, Louis entró con una taza de sangre caliente para encontrar las paredes cubiertas de bocetos a carboncillo de estrellas, luna y —inexplicablemente— un violín.
—Lestat.
—No preguntes.
—Son las tres de la mañana.
—El tiempo es una construcción humana, Louis, y yo dejé de ser humano hace mucho.
Louis dejó la taza sobre el escritorio —cubierto de facturas, la mayoría de tiendas de decoración— y se sentó al borde de la cuna a medio armar.
—Sabes que la niña no va a recordar si el cuarto era lavanda o azul, ¿verdad?
—Yo lo recordaré —dijo Lestat, y algo en su voz se quebró apenas, ese temblor que aparecía cuando el miedo se disfrazaba de perfeccionismo—. Quiero que sea perfecto, Louis. Quiero que cuando abra los ojos por primera vez, este mundo ya le pertenezca un poco.
Louis se levantó, tomó su rostro entre las manos y lo besó despacio.
—Entonces hagámoslo juntos. Tú eliges los colores. Yo pago las facturas y finjo no llorar cuando veo los totales.
Lestat rió —esa risa rara, genuina, que ni doscientos años de teatro habían logrado perfeccionar del todo— y por esa noche, al menos, el cuarto se quedó azul pálido.
Duró hasta el domingo.
Antojos a las tres de la madrugada
—Louis.
—Duérmete, Lestat.
—Louis.
Abrió un ojo. Lestat estaba incorporado en la cama, con el cabello dorado cayendo en desorden sobre los hombros y una expresión de urgencia que, en cualquier otra circunstancia, habría anunciado un incendio o una invasión.
—¿Qué pasa?
—Necesito sangre de tigre.
Silencio.
—¿De... tigre?
—No literalmente, Louis, no soy un salvaje. Pero necesito algo con... fuerza. Con carácter. La sangre de esa pobre viuda del jueves sabía a té frío y decepción. Quiero algo que sepa a tormenta.
Louis se frotó los ojos, calculando en silencio cuántas horas de sueño —o lo más parecido al sueño que un vampiro se permite— acababa de perder.
—Son las tres de la madrugada.
—El antojo no respeta horarios, amor mío. Es una fuerza de la naturaleza. Como yo.
Y así fue como Louis de Pointe du Lac, empresario respetado, dueño de burdeles, hombre que una vez negoció con banqueros sin pestañear, se encontró recorriendo el Barrio Francés a las tres y media de la madrugada en busca de un donante "con carácter", mascullando maldiciones en voz baja mientras Lestat, desde la ventana de casa, agitaba un pañuelo de seda a modo de despedida como si lo enviara a la guerra.
Volvió con éxito —un jazzista insomne de mirada intensa que Lestat declaró, tras probarlo, "aceptable, casi poético"— y se dejó caer en la cama, exhausto de una forma que ningún combate le había provocado jamás.
—Gracias —dijo Lestat, ya satisfecho, acurrucándose contra su pecho.
—La próxima vez pides pizza como la gente normal.
—Nosotros no somos gente normal, Louis.
—No, supongo que no.
El nombre de la niña
—Marguerite.
—No.
—Es un nombre hermoso, Louis, con historia, con peso.
—Suena a tía abuela con gato.
Lestat, tumbado a lo ancho de la cama con una mano sobre el vientre ya notablemente redondeado, lanzó al techo una mirada de sufrimiento digno de un mártir renacentista.
—Bien. Propón tú algo, ya que eres el experto en nombres aburridos pero prácticos.
—¿Y si algo simple? ¿Algo que sea solo de ella, sin cargar cien años de teatro francés?
Se quedaron en silencio un momento, ese tipo de silencio cómodo que solo comparten quienes ya han discutido lo suficiente como para saber que la respuesta correcta está en algún punto entre los dos.
—Claudia —dijo Lestat, casi para sí mismo, probando el sonido en su boca como quien prueba un vino nuevo.
Louis lo miró.
—¿De dónde salió eso?
—No lo sé. Simplemente... llegó. —Lestat sonrió, con esa sonrisa rara que reservaba solo para los momentos en que se permitía ser sincero sin adorno—. Suena a alguien que va a ser mucho más fuerte que los dos juntos.
Louis se acercó, apoyó la mano junto a la de Lestat sobre el vientre, y sintió —o quiso sentir, o tal vez fue real— un movimiento diminuto bajo la palma.
—Claudia —repitió, como si sellara algo—. Me gusta.
Y así, sin ceremonia ni pergaminos, quedó decidido: la niña que aún no llegaba ya tenía nombre, y ya era, de algún modo imposible, completamente suya.
Clases para alfas nerviosos
Louis había encontrado el libro en una librería del centro: "Guía completa para alfas primerizos: respiración, apoyo y vínculo". Lo leyó tres veces de principio a fin, subrayó pasajes, y cuando llegó a casa se sentó frente a Lestat con la solemnidad de un general antes de la batalla.
—Vamos a practicar la respiración.
Lestat lo miró como quien mira a un cachorro haciendo un truco nuevo. Con adoración y con ganas de reírse.
—Louis, amor de mi existencia. Soy un vampiro. No respiro.
—El libro dice que el apoyo del alfa durante los momentos de tensión...
—El libro fue escrito para humanos con placenta y ansiedad. Yo tengo doscientos años de práctica ignorando el pánico con estilo.
Louis cerró el libro despacio, con la dignidad de alguien que sabe que ha perdido pero se niega a admitirlo en voz alta.
—Solo quiero hacer esto bien.
Algo en su voz —esa vulnerabilidad tan poco común en Louis, tan guardada bajo capas de calma— hizo que Lestat dejara de burlarse. Se acercó, tomó su rostro entre las manos, y por primera vez en toda la charla, habló sin ironía.
—Ya lo estás haciendo bien. Estás aquí. Eso es todo lo que un libro no te puede enseñar y todo lo que a mí me sobra saber.
Se quedaron así un momento, frente contra frente, hasta que Lestat, incapaz de sostener la ternura por más de un minuto entero, añadió:
—Ahora bien, si quieres practicar algo útil, practica cargar bolsas de compra sin quejarte. Eso sí lo vas a necesitar.
La primera patadita
Estaban en el porche, como tantas noches, viendo caer una lluvia suave sobre el jardín. Lestat tenía los pies sobre el regazo de Louis y hablaba —como siempre, de todo y de nada, de un teatro que había visto arder en 1789, de una canción que quería enseñarle a la niña cuando naciera— cuando se detuvo a mitad de frase.
—Ah.
Louis levantó la vista, alarmado por costumbre.
—¿Qué pasa?
Lestat no respondió de inmediato. Tenía una mano apoyada sobre el vientre y una expresión que Louis no le había visto nunca —ni en el escenario, ni en la cama, ni en ninguno de los siglos que llevaban juntos. Algo abierto de par en par.
—Se movió —susurró—. Louis, se movió.
Louis se acercó tan rápido que casi tira la copa de sangre que tenía en la mano. Puso la palma junto a la de Lestat, conteniendo algo parecido a la respiración que ya no necesitaba.
Y ahí estaba: un movimiento pequeño, apenas un roce, como una pregunta tímida desde adentro.
—Hola —dijo Louis, tan bajo que apenas fue un sonido, dirigiéndose al vientre de Lestat como si la niña pudiera escucharlo, entenderlo, saber ya que del otro lado había alguien esperándola con una devoción de siglos.
Lestat, el actor, el dramático, el hombre que nunca se quedaba sin palabras, se quedó completamente en silencio, con los ojos brillantes de algo que no era sangre ni lágrimas de vampiro, sino simple, puro y aterrador amor.
La lluvia siguió cayendo. Ninguno de los dos se movió del porche en horas.
Una fiesta pequeña, dice Louis
—Algo pequeño —había dicho Louis—. Íntimo. Nosotros dos, quizás una tarta.
Tres semanas después, la casa tenía guirnaldas de flores blancas colgando del techo, un arco de globos en tonos lavanda y azul pastel en la entrada, una fuente de chocolate que Lestat insistió en encargar "porque los eventos importantes merecen fuentes", y una orquesta de cámara —de tres músicos, para ser justos, pero orquesta al fin— tocando en el jardín.
—Dijiste pequeño —repitió Louis, con la factura en la mano y una expresión que oscilaba entre la resignación y el amor absoluto.
—Y esto es pequeño, Louis, comparado con lo que yo habría hecho sin supervisión.
No había invitados —Lestat había insistido en que esta noche fuera solo de ellos, sin ojos ajenos, sin nadie más que pudiera opinar sobre el nombre, el cuarto o los colores— pero la casa entera brillaba como si esperara a cien personas. Sobre la mesa, un pastel de tres pisos decorado con pequeñas lunas de azúcar y la palabra Claudia escrita en glaseado dorado, aunque la niña todavía tardaría semanas en llegar.
—Es prematuro —dijo Louis, mirando el pastel.
—Es anticipación, querido. Hay una diferencia.
Bailaron esa noche en el jardín, despacio, sin prisa, con el vientre de Lestat entre ambos como un secreto compartido, y cuando la orquesta tocó el último vals, Louis pensó que quizás no le importaba tanto la factura después de todo.
La noche en que nació Claudia
No hubo gritos ni caos, como en las películas humanas que Lestat tanto detestaba. Hubo, en cambio, una quietud extraña, casi solemne, en la habitación azul pálido —definitivamente azul pálido, al final, la última decisión que quedó firme— mientras la noche avanzaba y algo antiguo y nuevo a la vez ocurría entre esas paredes.
Lestat, que tanto se había burlado de los libros de Louis, que había declarado con total seguridad que doscientos años de teatro lo habían preparado para cualquier cosa, descubrió que nada —ni Versalles, ni los escenarios de París, ni la eternidad misma— lo había preparado del todo para esto.
—Estoy aquí —repetía Louis, con la voz firme aunque las manos le temblaran, sosteniendo las de Lestat con una fuerza que no sabía que tenía—. Estoy aquí, no voy a ningún lado.
—Ya lo sé, idiota —dijo Lestat entre dientes, con la ironía intacta incluso en el momento más vulnerable de su existencia—. Nunca vas a ningún lado. Es tu peor y mejor cualidad.
Y entonces, en algún momento entre el dolor y el asombro, entre un siglo que terminaba y otro que empezaba, llegó el llanto. Pequeño, furioso, absolutamente vivo.
Claudia.
Louis la sostuvo primero —diminuta, con los ojos ya demasiado despiertos para un recién nacido, como si ya supiera algo que el resto del mundo tardaría en entender— y sintió que algo en su pecho, algo que llevaba siglos cerrado, se abría de golpe.
—Es perfecta —susurró, la voz rota.
Lestat, exhausto, con el cabello pegado a la frente y una sonrisa que no había usado nunca en ningún escenario porque era, por primera vez, completamente real, extendió los brazos.
—Dámela.
Cuando Louis puso a Claudia sobre su pecho, Lestat no dijo nada teatral, no citó a ningún poeta, no hizo ningún gesto grandilocuente. Solo la miró, en silencio, como quien mira algo que ha esperado toda una eternidad sin saberlo.
Afuera, el amanecer se acercaba peligrosamente. Adentro, dos monstruos y una niña recién nacida eran, por primera vez, simplemente una familia.
Isi y el arte de calmar a un bebé vampiro
Encontrar niñera había sido, según Lestat, "una tarea imposible, Louis, absolutamente imposible, nadie en esta ciudad sabe tratar a una futura reina de la noche". Habían pasado por cuatro candidatas en dos semanas: una se había asustado con la decoración de la casa, otra había hecho demasiadas preguntas sobre por qué nunca veía a los padres durante el día, y las otras dos simplemente no habían soportado la energía de Lestat supervisando cada movimiento desde la puerta.
Entonces llegó Isi.
Recomendada por un contacto de Louis en el barrio, entró a la casa sin inmutarse ante las velas negras, el retrato de tamaño real de Lestat en el pasillo, o el hecho de que la familia entera parecía funcionar exclusivamente de noche.
—¿Algún problema con el horario? —preguntó Louis, cauteloso.
—Para nada —dijo Isi, ya quitándose el abrigo—. He cuidado bebés que duermen de día y lloran de noche. Esto no es tan diferente.
Lestat, apoyado en el marco de la puerta con Claudia en brazos, la observó con esa mirada evaluadora que reservaba para actores en audición.
—¿Sabes cantar?
—¿Perdón?
—Claudia solo se duerme con canciones en francés o con Fleetwood Mac. Es muy específica para tener tres semanas de vida.
Isi, sin perder el ritmo, tomó a Claudia en brazos con una seguridad que sorprendió incluso a Lestat, y empezó a tararear —desafinada pero con convicción— algo que se parecía vagamente a una vieja canción de rock suave.
Claudia dejó de llorar casi de inmediato.
Lestat miró a Louis con una expresión de triunfo absoluto, como si acabara de descubrir petróleo.
—Nos la quedamos.
✥ Isi se convirtió, desde esa noche, en la única persona además de Louis a quien Lestat confiaba verdaderamente a su hija — y en la única capaz de decirle "no seas dramático" sin que él se ofendiera. Un milagro casi tan grande como el de la propia Claudia.
La vecina que ve demasiado
Alexa llevaba viviendo al lado de "esa casa rara" —así la llamaba antes de conocer a sus dueños— desde hacía casi un año, y en ese tiempo había acumulado una lista considerable de preguntas sin responder: por qué nunca veía luces encendidas antes del atardecer, por qué el jardín florecía de un modo que no parecía natural, y por qué, de un tiempo a esta parte, había empezado a escuchar —de madrugada, siempre de madrugada— lo que sin duda era el llanto de un bebé.
Se armó de valor un sábado por la noche —"de valor y de una excusa de galletas", como ella misma admitiría después— y tocó la puerta.
Abrió Louis, con una calma que no lograba disimular del todo el cansancio de padre primerizo.
—Hola —dijo Alexa, sosteniendo un plato con galletas de mantequilla—. Soy tu vecina. Perdón, sé que es tarde, pero... creí escuchar un bebé y quería asegurarme de que todo estaba bien. Y, ya que estoy aquí, presentarme.
Detrás de Louis apareció Lestat, con Claudia dormida contra el hombro y una expresión de curiosidad genuina —la misma que reservaba para cosas nuevas e inesperadas.
—Qué generosa —dijo Lestat, examinando las galletas como si fueran una ofrenda diplomática—. Louis, invítala a pasar. Nadie en este vecindario nos ha traído nunca nada horneado.
Alexa entró, y aunque intentó no mirar demasiado el retrato de tamaño real en el pasillo, ni las velas que ardían pese a no haber corriente de aire, ni el hecho curioso de que ninguno de los dos hombres frente a ella pareciera respirar con normalidad, se sentó a tomar té —que no bebió nadie más que ella— y sostuvo, brevemente, a la pequeña Claudia en brazos.
—Es hermosa —dijo, genuinamente conmovida—. Tiene los ojos de los dos.
Lestat y Louis intercambiaron una mirada que Alexa no supo interpretar del todo —algo entre el orgullo y una advertencia silenciosa de no hacer más preguntas— pero decidió, sabiamente, dejarlo pasar.
✥ Alexa nunca llegó a saber toda la verdad sobre sus vecinos. Pero volvió muchas noches más, con más galletas, y con la certeza tranquila de que, fueran quienes fueran, criaban a su hija con un amor que no necesitaba explicación.
Una familia con colmillos
El cuarto de Claudia terminó siendo azul pálido, con estrellas pintadas a mano en el techo por Lestat, que tardó tres noches enteras en conseguir que parecieran "auténticamente celestiales y no un plagio barato de un techo de iglesia". Las facturas de decoración, en algún momento, dejaron de doler a Louis, que aprendió a ver cada gasto extravagante no como una pérdida sino como una prueba más de cuánto amaba Lestat a esa niña, incluso antes de conocerla.
Claudia creció rápido —más rápido de lo que ningún libro de Louis había anticipado, con una fuerza y una curiosidad que ya anunciaban a la mujer feroz en la que se convertiría— y con ella creció también la casa: más ruidosa, más cálida, menos solemne.
Isi seguía apareciendo cada semana, siempre con una canción nueva que enseñarle. Alexa seguía tocando la puerta de vez en cuando, con galletas y preguntas que sabía, ya, que no debía hacer.
Y en las noches tranquilas, cuando Claudia por fin dormía, Louis y Lestat se sentaban en el mismo porche donde una vez sintieron la primera patadita, y se quedaban ahí, en silencio, escuchando la ciudad respirar.
—¿Sabes? —dijo Lestat una de esas noches, con la cabeza apoyada en el hombro de Louis—. Nunca pensé que esto fuera algo que yo pudiera tener.
—¿El qué?
—Esto. Lo ordinario. Lo pequeño y lo eterno al mismo tiempo.
Louis lo besó en la frente, despacio, con la misma devoción de siempre.
—Bienvenido a la familia, entonces.
Y así, entre terciopelo negro y estrellas pastel, entre facturas y fuentes de chocolate, entre un antojo de sangre "con carácter" y una vieja canción de rock suave, una pequeña e inmortal familia siguió adelante — para siempre, como solo los monstruos y el amor verdadero saben estarlo.